SOCIEDAD PROTECTORA DE ANIMALES DE ZIHUATANEJO, GUERRERO, MEXICO

Pánfila
el lobo marino

Crónica de un Rescate Exitoso
Por Enrique Rodríguez Krebs

PÁNFILA - EL LOBO MARINO QUIEN VINO A VISITAR...
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A doña Helene,
cuya aplastante e
incomprensible
ausencia no ceja.

Parte II

    Los casi dos meses que transcurrieron entre el 15 de mayo y el 11 de julio, cuando fue liberada, pensamos que pasaron más rápidamente que los 17 días anteriores. En sus nuevas instalaciones al aire libre, asoleadero amplio y una enorme piscina con agua del mar, parecía casi perfecto para ella (excepto por la ausencia de libertad completa). Ahí la empezamos a apreciar en el pico de su recuperación, la gracia de sus movimientos y exóticos hábitos.

    En los primeros instantes de su arribo a su nuevo "corral" cundía el nerviosismo entre los presentes. Pensábamos que no podría superar los 70 cm de altura de la piscina para entrar en ella, y procedimos a facilitarle una especie de escalón; después, que para salir de ella se golpearía desde esa altura. Todas nuestras dudas fueron aclaradas en minutos, entró y salió con tanta facilidad que pronto lo olvidamos para deleitarnos con sus grandes dotes para la natación: nadaba en círculos girando sobre su eje, de espaldas, se acicalaba al mismo tiempo y se rascaba el costado y la cabeza.

    Su nueva casa facilitó e incrementó el número de visitantes. Diariamente adultos y niños solicitaban ver "la foca". Fue en estos días que se ideó el sistema para proveerla de agua de mar fresca a través del bombeo y no a mano con cubetas como se intentó inicialmente. Cabe mencionar la disposición y persistencia del grupo de voluntarios que se abocó a esta tarea, como Javier, Andrea, Gillian, Erika, Neto, José, el Güero, Memo, Rodrigo, Rodrigo Jr., Adriana, Fabián, Rashid, Martín, Juan y tantos otros que se fugan a la memoria. No menos importante fue la labor de Irma, Gris, Pipina y Natalia que cada día se dedicaron a hacerse de ojotones frescos para alimentarla. Todos bajo la sabia dirección, insistente y agradecida de doña Helene.

    Con el incremento incesante de su consumo de peces, en una ocasión marcó el récord de 66 ojotones en un día. Continuamos aprendiendo de ella: gustaba del agua en la piscina muy limpia, pero tenía el hábito de orinar y defecar en ella, y conforme pasaban las horas se introducía menos. Dormitaba durante muchas horas en el piso. Y era ya habitual escucharla, literalmente rugiendo, para solicitar ser alimentada, que se oía incluso a una cuadra a la redonda.

    A principios de junio se presentó Amado Ramírez, corresponsal de Televisa en Acapulco, y realizó un pequeño reportaje sobre Pánfila; que más tarde fue transmitido en el programa de noticias de Lolita Ayala del canal 9. Este hecho marcaría el curso inmediato del destino de Pánfila. Cabe mencionar que también en estos días la presidenta de la SPAZ tuvo que ser trasladada a la Ciudad de México para ser atendida de un avanzado mal que la aquejaba. Helene Krebs no volvió a ver a Pánfila, pero desde su forzado destierro nunca dejó de estar al tanto de su salud, situación y de insistir en liberarla en el lugar más adecuado.

    Todas las personas que entraron en contacto con Pánfila se enamoraron rápidamente de ella, cayendo en ese especial efecto y afecto que producen en los humanos animales como koalas, osos panda, delfines y... las focas. Pánfila permitía ser acariciada en la cabeza por adultos y niños, sólo en dos ocasiones y en estado de estrés mordió a alguien. Por lo demás, Luis Enrique, de sólo un año de edad, podía estar con ella en la piscina con toda seguridad; le gustaba especialmente ser rascada en el pecho, vientre y bajo los miembros anteriores.

    La recuperación y estabilidad de Pánfila eran evidentes. La cuestión ahora era ¿qué hacer con ella? Temíamos que nuestra suerte se acabara y cayera enferma de algo propio de su especie que no supiéramos tratar. A finales de junio empezó comer menos, hasta el punto de sólo ingerir uno o dos peces al día. Esto incendió los focos rojos de la SPAZ y llamamos inmediatamente al especialista en el zoológico de la Ciudad de México, nos explicó que podía encontrarse en celo y que esos serían algunos de los síntomas. El temor aceleró la búsqueda de soluciones.

    Se presentaban tres opciones: liberarla en las costas de Zihuatanejo, procurando que fuera protegida de alguna forma; entregarla a algún zoológico, circo o centro de espectáculos de mamíferos marinos; y, la más difícil y cara, liberarla en su hábitat natural, es decir, las costas de Baja California. Tras muchas charlas, propuestas, intentos, llamadas y preocupaciones, la respuesta llegó gracias a la televisión.

    Lolita Ayala gestionó ante los altos ejecutivos de Aeromexpress las facilidades para llevar a Pánfila a La Paz, Baja California Sur. Ellos generosamente accedieron a realizar su traslado sin cobrar un centavo, además proporcionaron la jaula necesaria y cubrieron el importe del boleto redondo de un acompañante con viáticos incluidos. El 10 de julio, a las 3:45 de la tarde partía Pánfila en un vuelo de AeroMéxico, acompañada por el autor de esta nota. Antes, en el aeropuerto se le pesó y supimos que pesaba 35 Kg y medía 1,20 mts. Calculamos que llegó a pesar entre 40 y 45 Kg antes que dejara de comer.

    El vuelo se realizó sin contratiempos, aunque hicimos tres escalas antes de llegar a La Paz. En cada una se me permitió estar con ella para verificar su estado, tranquilizarla y rociarla con agua. En el primer trayecto se asustó un poco, pero al llegar sólo estaba cansada. Arribamos a las 11:40 de la noche, y se encontraba un equipo de corresponsales de Televisa esperándonos, como también sucedió cuando partimos de Zihuatanejo.

    Nuestro contacto en La Paz era el Dr. David Urioles, especialista en mamíferos marinos y encargado del Programa Nacional del Lobo Marino del CICIMAR-IPN en ese lugar. Pánfila durmió esa noche en su jaula en una de las oficinas con aire acondicionado y alfombrada de Aeromexpress. Establecimos que nos encontraríamos con el especialista al día siguiente a las 8 de la mañana.

    Menuda fue mi sorpresa cuando al día siguiente y ya frente a Pánfila el Dr. Urioles me informó que no era un lobo marino común de California (Zalophus californianus), sino un lobo marino de pelo fino de la Isla de Guadalupe (Arctocephalus townsendi), de presencia poco frecuente en las costas de Baja California. Estupefacto le pregunté que cual era su lugar de origen y me explicó que la Isla de Guadalupe se encontraba a 250 Km mar adentro casi frente a Ensenada. Ante mis ojos desfilaron escenas donde transportaba Pánfila a través del desierto para esperar en la orilla a que alguien nos llevara a la isla. Después de un momento el doctor se conmovió de mi expresión y pidió que no me preocupara, que habían hecho avistamientos de esta especie en las colonias de lobos de la zona, con quienes conviven, y que eventualmente encontraría el camino de regreso a su isla donde únicamente se reproducen.

    Un camión del CICIMAR-IPN nos llevó a los muelles, donde nos esperaban una embarcación del mismo Centro y la camarógrafa de Televisa. Zarpamos y navegamos hacia el norte durante 2½ horas a lo largo de la isla del Espíritu Santo hasta su extremo septentrional, al punto llamado "La Lobera" o "Los Islotes". Antes de llegar ya se escuchaban los ladridos característicos de esta especie (sonido que nunca emitió Pánfila). Ella parecía no reaccionar mucho al sonido y olor del mar, ni tampoco a la presencia de los otros lobos. Antes de liberarla el Dr. Urioles le afeitó un poco de pelo del dorso para poder identificarla posteriormente. Al alzar la jaula sobre la borda Pánfilo dio muestras de vida y estaba inquieta. En cuanto se abrió la compuerta de la jaula dio un salto y se hundió en el agua. Lo último que vi de ella fue cruzando entre los dos islotes para dirigirse a mar abierto.

    A todos, mil gracias. Pánfila nos dejó un bagaje de lecciones, extrajo lo mejor de cada uno de nosotros, que habla de la solidaridad humana, de esperanza en el hombre en su convivir en esta canica azul con las demás especies.

    Hace pocas semanas Juan Barnard me mostró las únicas fotografías de la Isla de Guadalupe que he visto: verdes escarpados con bruma densa en sus partes altas. Nunca visitaré ahí, pero tengo la certeza de que el espíritu de doña Helene pulula ya en esas brumas regocijándose de su obra.

Fin

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